¿Qué ocurre cuando tu hijo intenta llamar tu atención y tú estás mirando el móvil? A veces pensamos que diez minutos de pantalla no tienen importancia o que dejarle un vídeo mientras cocinamos, viajamos en autobús o esperamos en la consulta es una solución inofensiva. Sin embargo, conviene detenernos y reflexionar sobre algo: durante esos momentos, ¿qué oportunidades de comunicación, juego y conexión estamos dejando pasar?
Hola, soy la doctora Navarro. En consulta escucho con frecuencia a madres y padres que me dicen: «Pero si a mi hijo le gustan las pantallas, le tranquilizan y se queda muy entretenido». Y es cierto: los colores, los movimientos y los sonidos pueden captar fácilmente la atención de un bebé o de un niño pequeño. Pero que algo consiga mantenerlo quieto no significa necesariamente que sea lo que más necesita para desarrollarse.
El debate sobre las pantallas no debería centrarse únicamente en cuántos minutos las utilizan nuestros hijos. También debemos preguntarnos cuánto tiempo pasamos nosotros mirando el móvil cuando estamos con ellos y qué lugar ocupa la tecnología en nuestras relaciones familiares.
1. Cuando una pantalla se convierte en el recurso para que el niño esté tranquilo
Es fácil entender por qué recurrimos al móvil. Estamos en un restaurante, viajamos en transporte público, tenemos que preparar la comida o necesitamos terminar una tarea. El niño se aburre, protesta o empieza a llorar y, casi sin pensarlo, le ponemos un vídeo.
En ese momento conseguimos algo inmediato: se queda mirando la pantalla y deja de reclamar nuestra atención.
El problema aparece cuando esta solución se convierte en una costumbre. Si cada vez que un niño se aburre, se enfada o necesita esperar recibe un dispositivo, puede tener menos oportunidades de practicar otras formas de gestionar esos momentos: jugar, observar lo que ocurre a su alrededor, conversar, imaginar o aprender a tolerar pequeñas esperas.
La pantalla puede convertirse así en una especie de «chupete electrónico»: un recurso muy tentador para los adultos porque calma rápidamente, pero que no debería sustituir de manera habitual el acompañamiento y la interacción.
No se trata de culpabilizar a las familias. Criar también significa llegar cansados, tener obligaciones y necesitar unos minutos de descanso. Se trata de reconocer que el uso cotidiano de las pantallas merece una reflexión y que podemos buscar alternativas adaptadas a cada situación.
2. El cerebro infantil necesita interacción, no solo estímulos
Durante los primeros años de vida, el cerebro experimenta un desarrollo extraordinario. Los niños aprenden a comunicarse y a relacionarse con el mundo a través de experiencias reales: escuchar una voz, observar una expresión facial, recibir una respuesta, tocar objetos, explorar y jugar.
Cuando un bebé mira a su madre o a su padre, escucha sus palabras y observa sus gestos, participa en un intercambio. El adulto responde a sus sonidos, interpreta sus señales y le devuelve una expresión, una palabra o una caricia.
Estas interacciones cotidianas son fundamentales para el aprendizaje del lenguaje, la comunicación y las relaciones sociales.
Una pantalla puede mostrar animales, canciones, colores o dibujos, pero no ofrece por sí sola la misma experiencia de comunicación recíproca. El niño puede reconocer imágenes o repetir sonidos, pero eso no significa que esté aprendiendo del mismo modo que cuando comparte una experiencia con una persona que le habla, le escucha y responde a sus iniciativas.
La investigación ha encontrado asociaciones entre una mayor exposición a pantallas y habilidades lingüísticas más bajas en la infancia. También ha observado que el acompañamiento de los adultos y el contenido de calidad pueden cambiar la relación entre el uso de pantallas y el aprendizaje. Esto no significa que cada minuto de pantalla cause un retraso, sino que debemos prestar atención a qué experiencias está sustituyendo.

3. No solo importa la pantalla del niño: también importa la nuestra
Hay algo que a veces olvidamos: podemos limitar el tiempo que nuestros hijos utilizan dispositivos y, aun así, mantener el móvil constantemente presente en la vida familiar.
Imagina esta escena: tu hijo está jugando y quiere enseñarte algo. Te llama, te muestra un dibujo o intenta contarte lo que ha descubierto. Tú estás a su lado, pero tienes la mirada fija en el teléfono. Le respondes con un «sí, cariño» sin levantar los ojos.
Físicamente estás presente, pero tu atención está en otro lugar.
Cuando este comportamiento se repite, puede interrumpir los intercambios espontáneos que ayudan a los niños a comunicarse y sentirse escuchados. Algunos estudios han encontrado asociaciones entre el uso de dispositivos por parte de los cuidadores durante las rutinas infantiles y resultados psicosociales menos favorables. No debemos interpretar estos resultados como una prueba de que mirar el móvil durante unos minutos vaya a dañar a un niño, pero sí como una razón para cuidar los momentos de conexión.
Nuestros hijos aprenden también observando lo que hacemos. Si ven que consultamos el teléfono durante las comidas, los paseos, los juegos o las conversaciones, es posible que incorporen ese comportamiento como algo normal.
Por eso, educar en el uso saludable de la tecnología empieza también por revisar nuestros propios hábitos.
4. La televisión de fondo también puede interferir en la comunicación
No siempre hace falta que el niño esté mirando directamente una pantalla para que el entorno digital influya en sus experiencias.
A veces dejamos la televisión encendida mientras jugamos, comemos o realizamos otras actividades. Parece que no molesta porque nadie está prestando atención al programa. Sin embargo, el ruido y los estímulos de fondo pueden interrumpir las conversaciones y hacer que los momentos de atención compartida sean menos frecuentes.
Una revisión sistemática publicada en JAMA Pediatrics, que analizó 42 estudios y reunió datos de 18.905 participantes, encontró una asociación entre una mayor cantidad de exposición a pantallas —incluida la televisión de fondo— y habilidades lingüísticas más bajas. También observó asociaciones positivas con el lenguaje cuando los niños veían contenidos educativos o compartían la experiencia con un adulto.
La conclusión práctica es sencilla: cuando queremos conversar, jugar o leer con nuestros hijos, merece la pena apagar la televisión y reducir las distracciones.
El silencio no tiene que ser incómodo. Puede convertirse en una oportunidad para escuchar, preguntar, imaginar y descubrir juntos.

5. ¿Qué pierde un niño cuando la pantalla ocupa demasiado espacio?
El tiempo de infancia está lleno de oportunidades de aprendizaje que no siempre reconocemos como tales.
Un niño que juega con bloques está explorando el espacio, el equilibrio y la resolución de problemas. Cuando juega a imaginar que una caja es un barco, está desarrollando su creatividad. Cuando conversa con un adulto, practica el lenguaje y aprende a expresar lo que siente. Cuando juega con otros niños, experimenta cómo compartir, negociar y resolver pequeños conflictos.
Si una parte importante de esos momentos se sustituye habitualmente por el consumo pasivo de contenidos, pueden reducirse las oportunidades de practicar estas habilidades.
También es importante recordar que los niños necesitan movimiento, descanso, exploración y experiencias al aire libre. No basta con que una aplicación sea educativa: el desarrollo infantil requiere mucho más que información presentada en una pantalla.
Por eso, cuando hablamos de tecnología, no deberíamos preguntarnos únicamente qué aprende el niño con ella, sino también qué deja de hacer mientras la utiliza.
6. ¿Cómo podemos reducir las pantallas sin convertirlo en una batalla?
No siempre es sencillo cambiar hábitos que llevan tiempo instalados. Lo más útil suele ser empezar poco a poco y establecer unas pautas familiares coherentes.
Evita utilizar el móvil como primera respuesta al aburrimiento. Cuando sea posible, permite que tu hijo observe, explore o busque una forma de entretenerse. No es necesario llenar cada momento de espera con estímulos.
Ofrece alternativas sencillas. Llevar un cuento, unos lápices, pequeños juguetes o proponer un juego de palabras puede ayudar en situaciones como los viajes o las esperas en consulta.
Crea momentos sin dispositivos. Las comidas, los ratos de juego compartido y el momento previo al sueño pueden ser buenas oportunidades para dejar los teléfonos a un lado.
Apaga la televisión de fondo. Si nadie la está viendo, no hace falta mantenerla encendida. Así facilitamos la conversación y la atención compartida.
Acompaña cuando haya uso de pantallas. Si por edad y circunstancias tu hijo utiliza algún contenido digital, procura elegirlo con criterio y compartir la experiencia cuando sea posible. Habla sobre lo que está viendo y ayúdale a relacionarlo con el mundo real.
Sé el ejemplo que quieres transmitir. No podemos pedir a los niños que dejen el móvil si nosotros lo consultamos constantemente. Establecer momentos familiares sin teléfonos también es una forma de educar.

7. ¿Cuánto tiempo de pantalla es recomendable para los niños pequeños?
Las recomendaciones dependen de la edad y de las circunstancias de cada niño. La Organización Mundial de la Salud establece que no se recomienda el tiempo sedentario frente a pantallas para los menores de un año ni para los niños de un año. A los dos años, aconseja no superar una hora diaria, y señala que menos es mejor. Para los niños de tres y cuatro años, también recomienda un máximo de una hora al día, preferiblemente menos.
Estas orientaciones deben entenderse junto con otras necesidades esenciales: actividad física, sueño suficiente, juego y relación con los cuidadores.
La Asociación Española de Pediatría, además, propone evitar el uso de dispositivos como sustitutos de la atención adulta y recomienda que las familias regulen también su propio consumo digital.
No se trata de perseguir la perfección ni de pensar que una exposición puntual va a tener consecuencias irreversibles. Lo importante es construir hábitos saludables y evitar que las pantallas desplacen de forma habitual las experiencias que los niños necesitan.
8. La presencia emocional es tan importante como la presencia física
Hay una idea que me gustaría que recordáramos: nuestros hijos no necesitan únicamente que estemos cerca. Necesitan que, en muchos momentos del día, estemos disponibles para ellos de verdad.
Que les miremos cuando nos hablan. Que escuchemos sus preguntas. Que compartamos sus descubrimientos. Que juguemos, les leamos cuentos y les acompañemos cuando están enfadados o aburridos.
No hace falta organizar actividades extraordinarias. A menudo, los momentos más importantes son los más sencillos: una conversación durante el paseo, una canción mientras preparamos la cena, un cuento antes de dormir o unos minutos de juego en el suelo.
La infancia está hecha de pequeñas experiencias que se repiten y construyen vínculos. Y aunque la tecnología forma parte de nuestra sociedad, no debería ocupar el lugar de las relaciones humanas.
No se trata de estar disponibles para nuestros hijos cada segundo, sino de ofrecerles momentos de atención auténtica y conexión. Porque una de las cosas más valiosas que podemos regalarles no es otro dispositivo ni otro estímulo: es nuestra presencia.
Este artículo tiene finalidad divulgativa y no sustituye la valoración individual de un profesional sanitario.
