Hay tardes en las que la mejor actividad no necesita instrucciones: un poco de tierra, agua, ropa que se pueda manchar y tiempo para explorar. Jugar con barro permite a los niños tocar, mezclar, imaginar y descubrir qué ocurre cuando cambian las cantidades o las texturas.
Aprender con las manos y con todo el cuerpo
Al llenar un recipiente, hacer caminos o construir una montaña, los pequeños practican movimientos, resuelven problemas y ponen en palabras lo que observan. El juego libre al aire libre también les ofrece oportunidades para moverse, tomar pequeñas decisiones y compartir una actividad con otros.
La investigación sobre el juego en la naturaleza encuentra resultados prometedores en aspectos como la actividad física y algunas conductas de juego, aunque los estudios son diversos y no permiten afirmar que jugar con barro, por sí solo, mejore la salud de cada niño. Por eso es mejor disfrutarlo por lo que sí ofrece de forma directa: exploración, movimiento y una experiencia compartida.
Un plan sencillo y seguro
- Elige un lugar adecuado, lejos del tráfico y de zonas con residuos o agua estancada.
- Acompaña según la edad: los niños pequeños necesitan supervisión cercana y no deben llevarse tierra u objetos a la boca.
- Después, lavaos las manos con agua y jabón, cubrid las heridas abiertas y evitad las zonas que puedan estar contaminadas.
- Deja que el niño dirija el juego. No hace falta que el resultado sea bonito ni que haya una actividad “correcta”.
Quizá al final haya que limpiar botas y pantalones. A cambio, habrá habido preguntas, risas y un rato de conexión con el entorno. A veces, dejar que se manchen un poco también es dejarles aprender a su manera.
Para ampliar: revisión sistemática sobre juego no estructurado en la naturaleza y desarrollo infantil.